Umberto Eco: Construir al Enemigo. (Umberto Eco. Build the Enemy)

El autor explica las bondades de tener un rival o enemigo en quien depositar nuestras debilidades o faltas. Si ese enemigo no existe habrá que crearlo. Me pregunto qué puede hacer por nosotros el nuevo enemigo invisible: el Covid19.

The author explains the benefits of having a rival or enemy in whom to deposit our weaknesses or faults. If that enemy does not exist, it will have to be created. I wonder what can do for us the new invisible enemy: Covid19.

Extracto de las primeras 2 páginas:

Hace años, en Nueva York, me tocó un taxista cuyo nombre era difícil de descifrar y me aclaró que era paquistaní. Me preguntó de dónde era yo y le contesté que italiano. Me preguntó que cuántos éramos y se quedó asombrado de que fuéramos tan pocos y de que nuestra lengua no fuera el inglés.

Por último  me preguntó cuáles eran nuestros enemigos. Ante mí “¿Perdone?”, aclaró despacio que quería saber con qué pueblos estábamos en guerra desde hacía siglos por reivindicaciones territoriales, odios étnicos, violaciones permanentes de fronteras, etcétera, etcétera. Le dije que no estábamos en guerra con nadie. Con aire condescendiente me explicó que quería saber quiénes eran nuestros adversarios históricos, esos que primero ellos nos matan y luego los matamos nosotros o viceversa. Le repetí que no los tenemos, que la última guerra la hicimos hace más de medio siglo, entre otras cosas, empezándola con un enemigo y acabándola con otro.

No estaba satisfecho. ¿Cómo es posible que haya un pueblo que no tiene enemigos? Nada más bajarme, dejándole dos dólares de propina para recompensarle por nuestro indolente pacifismo, se me ocurrió lo que debería haberle contestado, es decir. que no es verdad que los italianos no tienen enemigos. No tienen enemigos externos y, en todo caso, no logran ponerse de acuerdo jamás para decidir quiénes son, porque están siempre en guerra entre ellos: Pisa contra Lucca, güelfos contra gibelinos, nordistas contra sudistas, fascistas contra partisanos, mafia contra Estado, gobierno contra magistratura. Y es una pena que  por aquel entonces todavía no se hubiera producido la caída de los dos gobiernos de Romano Prodi, porque le habría podido explicar mejor qué significa perder una guerra por culpa del fuego amigo.

Ahora bien, reflexionando sobre aquel episodio, me he convencido de que una de las desgracias de nuestro país, en los últimos sesenta años, ha sido precisamente no haber tenido verdaderos enemigos. La unidad de Italia se hizo gracias a la presencia de los austríacos o, como quería el poeta Giovanni Bercher, del irto, increscioso alemanno (el híspido y engorroso alemán); Mussolini pudo gozar del consenso popular incitándonos a vengarnos de la victoria mutilada, de las humillaciones sufridas en Dogali y Adua, así como de las demoplutocracias judaicas que nos imponían sus inicuas sanciones. Véase qué le sucedió a Estados Unidos cuando desapareció el imperio del mal y se disolvió el gran enemigo soviético. Peligraba su identidad hasta que Bin Laden, acordándose de los beneficios recibidos cuando lo ayudaban contra la Unión Soviética, tendió hacia Estados Unidos su mano de misericordiosa y le proporcionó a Bush la ocasión de crear nuevos enemigos reforzando el sentimiento de identidad nacional y su poder.

Tener un enemigo es importante no solo para definir nuestra identidad, sino también para procurarnos un obstáculo con respecto al cual medir nuestro sistema de valores y mostrar, al encararlo, nuestro valor. Por tanto cuando el enemigo no existe, es preciso construirlo.

Umberto Eco. Construir al enemigo y otros escritos. Editorial Lumen. 2013. páginas 13-15.

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Extract from the first 2 pages:

Years ago, in New York, I a taxi driver whose name was difficult to decipher and clarified that he was Pakistani asked me where I was from and I answered that he was Italian. He asked how many of us there were and he was amazed that we were so few and that our language was not English.

Finally he asked me what our enemies were. Due to my “Excuse me?”, he made it clear slowly that he wanted to know which peoples we had been at war with for centuries over territorial claims, ethnic hatreds, permanent border violations, etc., etc. I told him that we were not at war with anyone. With a condescending air, he explained that he wanted to know who our historical adversaries were, those who first kill us and then we kill them or vice versa. I told him that we do not have them, that we waged the last war more than half a century ago, among other things, starting it with one enemy and ending it with another.

He was not satisfied. How is it possible that there is a town that has no enemies? As soon as I got off, leaving him two dollars as a tip to reward him for our indolent pacifism, it occurred to me what I should have answered, that it is not true that Italians have no enemies. They have no external enemies and, in any case, they never manage to agree to decide who they are, because they are always at war with each other: Pisa against Lucca, Guelphs against Ghibellines, Nordists against Sudists, fascists against partisans, mafia against the State, government against magistracy. And it is a pity that at that time the fall of the two governments of Romano Prodi had not yet occurred, because it could have explained better what it means to lose a war because of friendly fire.

Now, reflecting on that episode, I have convinced myself that one of the misfortunes of our country, in the last sixty years, has been precisely not having had real enemies. The unity of Italy was made thanks to the presence of the Austrians or, as the poet Giovanni Bercher wanted, from the irto, increscioso alemanno (the herpid and cumbersome German); Mussolini was able to enjoy popular consensus by inciting us to take revenge for the mutilated victory, the humiliations suffered in Dogali and Adua, as well as the Jewish demoplutocracies imposed on us by their iniquitous sanctions. See what happened to the United States when the evil empire disappeared and the great Soviet enemy dissolved. It was in danger of his identity until Bin Laden, remembering the benefits received when they helped him against the Soviet Union, extended his merciful hand towards the United States and gave Bush the opportunity to create new enemies reinforcing the feeling of national identity and his power.

Having an enemy is important not only to define our identity, but also to provide us with an obstacle against which to measure our value system and show, when facing it, our value. Therefore, when the enemy does not exist, it must be built.

Umberto Eco. Build the enemy and other writings. Lumen Publishing House. 2013. pages 13-15.

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